Crsitián Labbé Galilea


Hay gestos que son inocentes, otros son culposos y maliciosos. Hay viajes que no son viajes, sino ausencias disfrazadas. Sabrá el Presidente, a pesar de sus limitaciones, que gobernar es estar siempre, y no aparece como fantasma al final de su mandato.

Visitar la Isla de Pascua cuando el reloj del poder ya se ha quedado sin arena no es un acto honesto, es una hipocresía. Es el intento desesperado por dejar una huella en las tierras de Hotu Matu'a, el legendario primer Ariki Mau (rey), cuando se ha sido cuatro años Presidente y nunca pisó “Te Pito o te Henua” pero… “Topa iho koe i Rapanui” (¿A esta hora llegas a RapaNui) … ¡Eso es una burla!.

La isla, con su historia, sus ancestros y sus moáis, no es un decorado comunicacional ni menos un escenario turístico para redenciones de último minuto. Es un territorio que encarna la soledad, la resistencia y la dignidad. Sus Moais no miran hacia el mar buscando aprobación externa; miran hacia “Henua” (la tierra), hacia sus “Tangata” (sus hombres), como recordatorio permanente de que el deber del líder es proteger su cultura.

Por eso, cuando un gobernante llega a visitar la isla al final de su mandato, sin obras que lo sostengan, sin legado que lo respalde, su presencia no es un acto de autoridad, es un gesto de provocación. Es el eco de una deuda insoluta.

Durante cuatro años, Rapanui esperó conducción, carácter y claridad. Esperó decisiones firmes, esperó coraje, esperó grandeza, esperó reconocimiento, mientras la mediocridad amenazaba con convertirse en norma.

Pero el tiempo, implacable como el océano que rodea la isla, no concede indulgencias. No se puede pedir el reconocimiento de gobernante en el último minuto. No se puede construir al final lo que no se tuvo la voluntad de levantar desde el principio.

Para esta pluma, amante de la Isla, hay algo profundamente simbólico en este viaje tardío. Es la imagen de un poder que llega cuando ya no tiene poder. De una autoridad que aparece cuando ya no tiene autoridad. De una presencia que intenta compensar una larga ausencia.

Los moáis, testigos silenciosos de siglos, parecen observar con la serenidad de quienes han visto pasar innumerables hombres que han hecho mucho por la isla, y de otros que, convencidos de su efímera importancia, sólo la visitan sin dejar más rastro que el polvo de sus pasos.

Visitar la isla en los últimos días no es un acto de gobierno. Es una metáfora involuntaria. Es la representación de un mandato que llega tarde a todo: tarde al orden, tarde a la firmeza, tarde a la responsabilidad, y en definitiva, tarde a sí mismo.

Finalmente, quienes creemos y respetamos al pueblo Rapanui, sabemos que la isla permanecerá siempre altiva y serena porque, al final, no es el gobernante quien honra su territorio, es el territorio el que revela la verdadera dimensión del gobernante y sabe reconocer cuándo una visita…  es una burla tardía.

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