
Cristian Labbé Galilea
Hay algo profundamente perturbador, cuando el mal es celebrado y cuando la traición es revestida de solemnidad. Es como si el diablo, vestido de gala, recibiera una bendición en plena plaza pública. No porque el mal haya cambiado su naturaleza, sino porque quienes lo miran han decidido cerrar los ojos.
Es lo que hemos comprobado en estos días. El homenaje a un traidor no es un mero acto simbólico o protocolar…. es una declaración de debilidad moral. Es decirle a la comunidad que la lealtad es negociable y que la coherencia puede sacrificarse… si conviene.
Sabemos que el diablo no necesita aplausos, necesita confusión, necesita que el bien y el mal se mezclen hasta volverse indistinguibles. La verdadera tragedia de nuestros tiempos no es que el traidor sea homenajeado, sino que quienes observan no sientan vergüenza.
Vivimos horas en que la brújula moral del mando de Carabineros se extravió y la espada con la que debían defender el honor y la dignidad conquistada por sus hombres, a través de la historia, ha terminado adornando el pecho de su peor adversario.
Condecorar al más execrable de sus enemigos, quien humilló a Carabineros, quien anhelaba su refundación, quien aspiraba a “orinar en el casco de un General”, es una claudicación. Es reconocer, ante sus integrantes y la comunidad que la memoria ha sido derrotada, que la lealtad con los caídos y los perseguidos ya no es un deber sino un escollo.
Cuando el traidor es premiado y se le rebautiza como, “un visionario que en el ejercicio de su alta magistratura ha impulsado el fortalecimiento de Carabineros” … “cuya gestión inspirada en una profunda visión de Estado ha sido determinante para dignificar la labor policial" (sic). ¡Por favor...! Alguien, algún ser sensato, cree que con esas palabras se limpia el actuar de un traidor.
Declarar al Presidente como “Alguacil Ilustre” es incomprensible. Los integrantes de Carabineros que aún creen en el honor… miran la escena con estupor. Una importante condecoración brilla en el pecho equivocado. Entonces ocurre lo inevitable, muchos prefieren renunciar antes que validar lo que su conciencia rechaza. No es cobardía, es coherencia. No es fuga; es dignidad.
La dignidad no se negocia, cuando la lealtad es reemplazada por conveniencia, la organización pierde… se desorienta, ya no sabe si defender sus principios o acomodarlos al aplauso del poder circunstancial.
Condecorar al peor enemigo es más que un error: es enviar un mensaje demoledor a sus integrantes, es decirles que el sacrificio ha sido ingenuo, que la resistencia ha sido inútil y que la traición puede ser el camino más corto hacia el reconocimiento.
Por último, a juicio de esta pluma, amante y fiel amiga de Carabineros, hay algo que ni las medallas ni los discursos pueden comprar: la conciencia de quienes se niegan a aplaudir a un traidor. Los grandes hombres entienden que la historia es severa con los mandos que traicionan la historia de sus instituciones… ¡con el diablo ni a misa!
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