Cristián Labbé Galilea


Quienes elegimos a este gobierno, y lo estamos apoyando con la convicción de que esta es la gran oportunidad que tenemos para salir, no sólo del marasmo político —ese clima de desánimo, apatía y desidia que se viene respirando desde hace tiempo—, sino también del estado complejo en que nos encontramos en lo económico y lo administrativo, comenzamos a inquietarnos. Hay una sensación creciente de desorden en el “gallinero político” del propio sector, esto mientras “los coyotes de la oposición” observan con atención, esperando capitalizar cualquier error.

Es cierto, han pasado pocos días desde que el gobierno asumió la enorme responsabilidad de encauzar a este país, que alguna vez fue sinónimo de estabilidad y progreso, hacia un camino de orden, seguridad, crecimiento y bienestar. Por lo mismo, nadie sensato podría exigir resultados en tan breve plazo. Sin embargo, también es cierto que en política las señales importan mucho; cuando ellas transmiten dudas, contradicciones o descoordinación, el efecto inmediato es erosionar uno de los activos más valiosos: la confianza.

Ese desaliento que comienza a insinuarse en conversaciones cotidianas, en análisis de sobremesa o en comentarios aparentemente inofensivos, no es trivial. Refleja algo más profundo: la pérdida de expectativas, que brota naturalmente cuando merma la esperanza. A ello se suma la crítica fácil y el juicio apresurado, fenómeno que parece casi cultural.

Por otra parte, los “dimes y diretes” entre las propias autoridades, en lugar de fortalecer, debilitan la percepción de conducción. Frases como “el que manda es Pedro y no Juan, porque tiene más llegada con Diego” o “que un día sí y que al otro no”, generan desmoralización en la opinión pública.

Pero es precisamente aquí donde se juega el punto de inflexión.

Este gobierno representa una oportunidad histórica real de recuperar el rumbo, de reinstalar certezas, de volver a priorizar el desarrollo, la justicia, el mérito, la seguridad y la cohesión social. Para que esa oportunidad no se diluya, se requiere algo más que buenas intenciones: se necesita convicción, disciplina, lealtad y, sobre todo, un espíritu positivo que sea capaz de convocar y seducir.

Es momento de cerrar filas. De entender que las diferencias deben procesarse con prudencia y responsabilidad, “a puertas cerradas”. La ciudadanía no quiere ver descoordinaciones internas; quiere ver liderazgo, claridad y propósito. Quiere creer. Quiere sentirse parte de un proyecto que la entusiasme y la proyecte hacia el futuro.

Defender con fuerza al gobierno, y particularmente al Presidente, es —a juicio de esta pluma— un acto de responsabilidad política, no de complacencia. Es comprender que el éxito o fracaso de esta administración es del país en su conjunto no sólo de un sector.

Hoy más que nunca, se requiere altura de miras y asumir que el desafío es colectivo… Nunca las oportunidades han sido infinitas, y esta es una de las más decisivas que hemos tenido en mucho tiempo. El país lo exige…. “es momento de estar, no de criticar”.

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