
Cristián Labbe Galilea
La política no es sólo administración. Tampoco es únicamente técnica, cifras o gestión. La política, en su esencia más profunda, es el arte de seducir, de encantar, de movilizar voluntades y despertar esperanzas.
Un gobierno puede incluso intentar hacer bien —o muy bien— las cosas, pero si el hombre de a pie no percibe esa magia que lo haga proyectar un futuro mejor, los esfuerzos terminan diluyéndose en la rutina y el desencanto.
Porque las sociedades no avanzan únicamente por decretos o arqueos económicos. Avanzan cuando existe un estado de ánimo colectivo que invita a creer, a confiar y a superar las dificultades. Y eso se construye con liderazgo, convicción y, sobre todo, con un relato capaz de inspirar.
Esto es especialmente determinante al inicio de un gobierno. Es precisamente en estos primeros meses cuando las expectativas ciudadanas alcanzan su punto más alto. Quienes votaron, lo hicieron esperando respuestas concretas a los grandes problemas que afectan la vida cotidiana: seguridad, crecimiento, trabajo, salud y educación. La gente espera conducción, claridad y una señal inequívoca de que el país retomará su rumbo.
La ciudadanía quiere saber que existe la voluntad y el coraje para enfrentar con firmeza y decisión no sólo la adversidad, sino también cualquier intento desestabilizador de quienes, desde la oposición, apuestan al fracaso del gobierno. Gobernar exige carácter, exige autoridad y la capacidad de mantener… “firme la caña” en medio de la tormenta.
Cuando aquello no se percibe con nitidez, comienza lentamente a evaporarse esa “energía inicial” que suele acompañar a todo nuevo mandato. Primero aparece la duda. Luego, la decepción y finalmente, una frustración que debilita progresivamente la capacidad del gobierno de encantar, de seducir y de generar confianza en el futuro.
Es entonces cuando la ciudadanía comienza a sentir que ya no está frente a un gobierno transformador, sino simplemente ante un gobierno de administración.
Por eso, la primera Cuenta Pública Presidencial, a juicio de esta pluma, adquiere una relevancia decisiva. No puede limitarse a un inventario de buenas intenciones. Debe transformarse en un verdadero “Vamos… vamos ya… vamos que se puede”; en una convocatoria nacional que devuelva esperanza, que reconstruya confianzas y que haga sentir a los chilenos que sí es posible superar las dificultades.
El país necesita escuchar un relato claro, firme y seductor. Un mensaje que reconozca las complejidades heredadas: una economía debilitada, un Estado tensionado, inseguridad creciente y condiciones internacionales adversas que han dificultado aún más el despegue. Pero, al mismo tiempo, necesita percibir convicción, liderazgo y capacidad de acción.
En definitiva, la ciudadanía quiere saber que existe una conducción firme y una voluntad real para reposicionar a Chile en la senda de progreso, bienestar y seguridad que alguna vez lo convirtió en referente mundial. Al final del día, los pueblos no necesitan gobiernos que administren, necesitan gobiernos que inspiren… Los pueblos que hacen historia son aquellos que se levantan con fe y decisión cuando quien los gobierna tiene:...” El poder de cautivar”.
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