
Cristián Labbé Galilea
Resulta llamativo observar un contrasentido de nuestra época. Mientras el mundo debate sobre los riesgos de la inteligencia artificial, y en estos días el Papa León XIV ha llamado a proteger la dignidad humana frente a tecnologías que podrían reducir a la persona a un simple dato, asistimos simultáneamente a una creciente degradación de contenidos que ofrecen los medios de comunicación.
La advertencia del Pontífice es en esencia humanista: la tecnología debe estar al servicio de la persona, y no la persona al servicio de intereses económicos, políticos o comerciales. El riesgo no es técnico, es moral, porque se juega con el valor de la dignidad humana en nombre de la rentabilidad o el espectáculo.
A juicio de esta inquieta pluma, prestamos muy poca atención a un fenómeno detestable: banalización de la intimidad y exaltación de la vulgaridad sexual en algunos espacios de la televisión abierta. Inevitable preguntar: ¿de qué sirve preocuparnos por la deshumanización tecnológica si aceptamos sin resistencia la deshumanización cultural y valórica?
Durante generaciones, Canal 13 fue identificado con la Pontificia Universidad Católica. Hoy está en manos de un conocido empresario privado; muchos observamos con estupor que algunos contenidos privilegian promiscuidad y morbo por sobre calidad y respeto por la dignidad humana.
No se trata, mi inquieto contertulio, de cuestionar la existencia de un reality como “Vecinos al Límite”, ni de promover censuras. El problema aparece cuando la vulgaridad deja de ser exceso ocasional y se transforma en eje central y línea editorial de un espectáculo protagonizado por personas de la farándula. Cuando las conversaciones se reducen a insinuaciones sexuales permanentes, cuando la intimidad es exhibida como mercancía y se convierte en estrategia de audiencia, surge una pregunta legítima sobre la responsabilidad social de quienes administran medios de comunicación masivos.
Paradójicamente, muchos de quienes advierten sobre los peligros de la inteligencia artificial, guardan culposo silencio frente al espantoso rostro de la revolución cultural: degradación moral, erotismo exacerbado, culto inaceptable de lo grotesco y morboso, deconstrucción de lenguaje y costumbres… todas pautas con que nos bombardean los medios de comunicación.
Una sociedad se deteriora cuando pierde capacidad de distinguir entre libertad y libertinaje, entre entretenimiento y degradación, entre creatividad y vulgaridad.
Sin duda, las advertencias de León XIV son más amplias de lo que parecen; no sólo plantea una reflexión sobre máquinas inteligentes; autoridades, líderes de opinión, responsables de los medios, debieran comprender que él nos invita a defender aquello que nos hace verdaderamente humanos: dignidad, respeto, responsabilidad moral y capacidad de elevar nuestra cultura por encima de los impulsos más básicos.
"La amenaza actual no es que las máquinas lleguen a pensar como los hombres, sino que los hombres renuncien a pensar como tales. Mientras debatimos sobre la inteligencia artificial, corremos el riesgo de ignorar una degradación más perversa: aquella que convierte vulgaridad en entretenimiento y banalización en mercancía del mercado audiovisual".( León XIV)
En suma, debiéramos ocuparnos no solo de la inteligencia artificial sino de la vulgaridad sexual.
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