
Cristián Labbé Galilea
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Esta semana he querido destinar esta tradicional columna a poner a disposición de mis fieles lectores mi más reciente obra: Un país, dos miradas. En sus páginas, mediante el recurso narrativo de recrear las tertulias entre un abuelo y su nieto, se revisa nuestra historia reciente con la esperanza de contribuir a que las distintas generaciones se encuentren, se escuchen y se desafíen intelectualmente sin caer en la descalificación. Aspira, en definitiva, a demostrar que es posible conversar con honestidad y sencillez sobre el pasado y el presente.
El origen de este ensayo nace de una constatación: al interior de muchas familias y grupos sociales prácticamente ha desaparecido el diálogo intergeneracional franco sobre los acontecimientos de nuestro pasado reciente. Con frecuencia, los mayores tienden a descalificar las opiniones de los más jóvenes sin una reflexión serena y, en ocasiones, sin argumentos de fondo. Los jóvenes, por su parte, habiendo crecido en un legítimo estado de bienestar, suelen mostrar indiferencia frente a la historia política del país o adoptar visiones que simplifican los hechos y los juzgan desprovistos de su contexto.
A los jóvenes, estas páginas les formulan una invitación: preguntar, dudar, incomodarse, pero también escuchar. Comprender que, aunque el pasado pueda parecerles un relato distante, constituye el fundamento sobre el cual están construyendo su futuro.
A los mayores, en cambio, esta obra les plantea un desafío distinto: transmitir sin imponer, explicar sin simplificar ni descalificar, y reconocer que la experiencia, por valiosa que sea, no reemplaza la necesidad de analizar con profundidad uno de los períodos más controvertidos de nuestra historia.
En suma, estas modestas páginas constituyen un esfuerzo por recordar y reflexionar sobre una etapa decisiva de la vida nacional, procurando superar tanto los prejuicios como los apegos de la nostalgia. No pretenden imponer una verdad única, sino abrir un espacio para el diálogo sereno y la reflexión responsable. Porque ningún país puede proyectarse con confianza hacia el futuro si antes no es capaz de comprender, con honestidad, respeto y sin prejuicios, las lecciones de su propio pasado.

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