Cristián Labbé Galilea


Las imágenes de Ceuta han recorrido el mundo. Miles de personas cruzando simultáneamente la frontera española no constituyen simplemente un episodio migratorio. Son la demostración que, cuando un Estado pierde el control de sus fronteras, la inmigración deja de ser un fenómeno humanitario para convertirse en un problema de soberanía nacional.

Algunos incautos insistirán en hablar de personas que buscan una mejor oportunidad. Sin duda muchas de ellas lo hacen. Pero sería una ingenuidad —o una ceguera ideológica— ignorar que las migraciones ilegales son aprovechadas por redes de tráfico de personas, organizaciones criminales o simplemente por quienes no están dispuestos a reconocer las normas que rigen en los países donde pretenden asentarse.

Europa está pagando el precio de haber confundido durante demasiado tiempo humanidad con permisividad. Francia enfrenta periódicamente graves episodios de violencia urbana; el Reino Unido no ha estado ajeno a este flagelo; España vuelve a comprobar que una frontera desprotegida puede ser sobrepasada en cuestión de horas. La lección parece evidente, pero aún hay quienes no visualizan la amenaza.

Chile no puede considerase ajeno al tema en cuestión. Por años miles de personas han ingresado clandestinamente al país, a vista y paciencia de la autoridad. Afortunadamente, las medidas adoptadas por el actual gobierno han permitido reducir significativamente esos ingresos, decisión que merece ser respaldada, porque proteger las fronteras no es un acto de intolerancia; es una obligación de cualquier Estado soberano.

Chile nunca ha sido un país xenófobo, todo lo contrario. Nuestra historia da cuenta de una clara disposición a recibir inmigrantes siempre que estén dispuestos a integrarse a nuestra sociedad y a respetar el Estado de derecho. Alemanes, italianos, croatas, palestinos, españoles y tantas otras comunidades, han contribuido al desarrollo nacional porque entendieron que incorporarse a un país supone aceptar sus normas, respetar sus instituciones y aportar al bien común.

La inolvidable canción “Si vas para Chile”, de Chito Faró, resume el espíritu nacional de recibir "al amigo cuando es forastero". Esa hospitalidad forma parte de nuestra identidad. Pero a toda casa se entra por la puerta; quien lo hace por la ventana no puede invocar los mismos derechos que quien ingresó… “como Dios manda”.

La historia enseña que toda sociedad se debilita cuando renuncia a defender los principios y valores que la sostienen. El Imperio Romano cayó, es cierto, por una compleja combinación de factores políticos, económicos y militares, pero nadie discute que la presión de pueblos que penetraron sus fronteras fue parte de ese proceso de descomposición. Las circunstancias históricas son distintas, pero, a juicio de esta pluma, la enseñanza permanece: ningún Estado puede sobrevivir si renuncia a controlar quién entra a su territorio.

Definitivamente, la inmigración ilegal y descontrolada constituye una alerta para todo Occidente. Sin fronteras no hay soberanía y, sin soberanía, el Estado se debilita; por lo mismo, ningún país está obligado a aceptar que la ilegalidad se transforme en un derecho. Bienvenidos quienes entran por la puerta; la inmigración legal no puede confundirse con…  una invasión silenciosa.

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