Cristián Labbé Galilea


Hay momentos como los vividos de norte a sur y de cordillera a mar, en que la naturaleza, con una crudeza implacable, nos ha obligado a mirar el país que realmente somos.

Un terremoto, una inundación, un temporal, un incendio o un aluvión pueden bastar para que, en pocas horas, desaparezca esa imagen de modernidad que con tanta facilidad solemos atribuirnos. Entonces quedan al descubierto no sólo caminos cortados, viviendas destruidas o familias aisladas; aparece también una realidad mucho más incómoda: la enorme fragilidad social sobre la cual hemos construido nuestro progreso.

Desde la capital, y desde sus barrios consolidados, Chile puede parecer un país que avanza decididamente hacia el desarrollo. Tenemos autopistas, centros comerciales, clínicas modernas, universidades, edificios inteligentes, tecnología, y servicios que poco tienen que envidiar a las grandes ciudades del mundo. Pero basta alejarse de esa realidad para descubrir otro Chile.

Es el Chile de las localidades apartadas, caminos precarios, viviendas levantadas en zonas no aptas, y poblados donde una lluvia intensa significa, además de pérdidas humanas, aislamiento por días. Es el Chile donde una familia pierde en una noche lo que demoró una vida en construir.

Las catástrofes naturales tienen esa particularidad: no crean necesariamente pobreza, simplemente la hacen visible.

De pronto aparecen en las pantallas lugares cuyos nombres muchos compatriotas jamás habían escuchado. Vemos adultos mayores viviendo en condiciones extremadamente modestas, familias sin servicios básicos, poblaciones expuestas a quebradas que se activan después de 50 años, incendios o inundaciones, y comunidades enteras cuya existencia parecía ignorada hasta que llegó la emergencia.

Es ahí entonces cuando le surge a esta pluma una pregunta inevitable: ¿podemos considerarnos realmente una sociedad desarrollada cuando todavía existen compatriotas viviendo en condiciones tan precarias?

El progreso de un país no puede medirse solamente por aquello que exhiben sus sectores más prósperos. Una sociedad consolidada se reconoce también por el nivel mínimo de dignidad que es capaz de garantizar a quienes tienen menos recursos o simplemente tuvieron menos oportunidades.

No se trata de pretender que el Estado pueda impedir terremotos, incendios o temporales. Eso sería absurdo. Se trata de comprender que una nación verdaderamente moderna debe estar preparada para que esos fenómenos no transformen la precariedad en tragedia.

Tal vez debamos, sin minimizar nuestras cifras generales, recorrer más nuestro territorio y exigir a las autoridades locales y regionales que adopten las medidas preventivas para evitar que, cada cierto tiempo, nos veamos enfrentados a esta cruda realidad. Porque el verdadero nivel de desarrollo de una sociedad no se aprecia sólo desde las capitales regionales ni desde sus barrios más acomodados; es visible desde aquellos lugares donde viven sus ciudadanos más vulnerables.

Las catástrofes pasarán. Reconstruiremos caminos, viviendas y puentes. Pero sería lamentable que, cuando vuelva a salir el sol, retomemos nuestra indiferencia, porque la naturaleza es imprevisible y, cada cierto tiempo… la adversidad nos deja al desnudo.

-