
Cristián Labbé Galilea
Con cara de acongojado se me acercó un contertulio y me dijo: “Me debo estar poniendo muy viejo… A esta edad hay cosas que me emocionan con facilidad”. Me contó que durante estos días siente una particular sensibilidad frente a esos símbolos que por generaciones han representado la chilenidad: la bandera, la cueca, las ramadas, el circo, la Parada Militar y, sin que nadie se lo pidiera, comenzó a recitar algunos versos de “Al pie de la bandera”, de Víctor Domingo Silva:
“¡Ciudadanos!
Que no sea la bandera en nuestras manos
ni un ridículo juguete, ni una estúpida amenaza,
ni un hipócrita fetiche ni una insignia baladí…”
No lo interrumpí. Al escucharlo sentí que mi corazón latía con la misma fuerza que cuando, siendo niños, nuestros profesores nos hacían aprender de memoria aquellos versos y declamarlos una y otra vez durante las Fiestas Patrias.
Coincidimos en que las cosas han cambiado. Son menos las banderas que vemos lucir orgullosas en casas y edificios. Con suerte aparecen algunos pendones invitándonos a una fiesta dieciochera donde se anuncian choripanes, terremotos y música de moda. Nada malo hay en ello. Las costumbres evolucionan y cada generación tiene derecho a celebrar a su manera. El problema comienza cuando, junto con cambiar las formas, también se olvida el sentido que tiene cada uno de los símbolos patrios.
Vivimos una época marcada por la inmediatez, el individualismo, la globalización y una creciente polarización política. Poco a poco hemos ido debilitando ese patrimonio intangible que permite que millones de personas diferentes puedan reconocerse como integrantes de una misma nación.
Porque una nación es mucho más que un territorio, una Constitución o una organización administrativa. Es también una memoria compartida, una historia, símbolos, costumbres y valores que permiten decir “nosotros” por encima de las legítimas diferencias que existen entre unos y otros.
Cuando esos vínculos desaparecen, la sociedad comienza peligrosamente a fragmentarse. Dejamos de preguntarnos qué tenemos en común y empezamos a definirnos únicamente por aquello que nos separa. Entonces la bandera parece algo baladí, las tradiciones representan anticuadas costumbres, la historia, pasada y reciente, se convierte en motivo de disputa y la patria termina reducida a la nada.
No se trata de vivir mirando hacia atrás ni de pretender que el ayer era mejor que el hoy. Tampoco de imponer una determinada manera de sentirse chileno. A juicio de esta pluma, se trata de comprender algo muy sencillo: ninguna nación puede proyectarse hacia el futuro si renuncia a aquello que le permite reconocerse a sí misma. Los países necesitan progreso, instituciones sólidas y oportunidades. Pero necesitan también afectos comunes, recuerdos compartidos y símbolos capaces de reunirnos cuando las circunstancias nos dividen.
Concluí que mi contertulio no se estaba poniendo viejo, simplemente estaba recordando algo que, entre tanta prisa comenzamos a olvidar: la historia de quienes nos heredaron… “esta fértil provincia señalada…”, y la responsabilidad que tenemos de fortalecer … ¡todo aquello que nos une!
¡VIVA CHILE!
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