Por Jesús P. Orellana García
Fundación Voz Nacional


Omnes homines natura scire desiderant.
Aristóteles, Metafísica


Cada vez nos topamos con más opinantes de las cosas importantes de la vida, opinan de política, religión, cultura y reality shows. Si bien, es cierto que es del todo bueno que la gente tenga opinión sobre las cosas, más importante es considerar lo asertivo de sus opiniones y si realmente es bueno dar una opinión por sobre la búsqueda de la certeza, o ese conocimiento basado en argumentos y evidencia que nos lleva al conocimiento científico, mal que mal, desde Platón se considera que no es bueno vivir una vida encadenado a la ignorancia mirando sombras; por el contrario, parece que es más sensato el romper las ataduras y salir de la caverna para por medio de la luz de la razón descubrir la verdad de las cosas. Por tanto, parece que el camino correcto, diría el filósofo, es acercarse al logos y alejarse de la doxa: que tengan logos los buscadores de saberes y doxa los comentaristas de espectáculo.

De ahí que sea bueno el ejercicio académico de buscar la verdad del conocimiento, por medio de la rigurosidad del método de investigación, no quedarse en la simple aprehensión de las cosas, sino pasar al juicio y posteriormente al ejercicio del razonar sobre el juicio emitido. En otras palabras, es bueno indagar en qué consiste el camino del buscador de saber por sobre el sujeto del pensar liviano, aquel señor amante del wiki, fanático del resumen, repetidor de dichos, conocedor de catálogo, lord del dato anecdótico, amo del slogan de meeting, vomitivo anglo parlante del business, conocedor de frases célebres e infografías de famosos, cool seguidor de corrientes “choras” para parecer “rudo intelectual” (ateos, empiristas y pragmáticos) que no son capaces de atar sus cordones (argumentos) de sus zapatos (pensamientos).

En definitiva, de lo que se trata realmente es de separar al Culto como buscador de saberes, del simple erudito o llamado también pedante repetidor de conocimiento. Para eso es importante conocer que es lo culto y en qué consiste la cultura.

Definir la cultura no es ninguna tarea fácil, consiste en precisar un rasgo subjetivo de la persona humana en cuanto ser dotado de razón, un estado del alma que se puede proyectar al exterior y de esta manera configurar un ambiente que puede alcanzar a toda la sociedad civil. Ahora bien, si consideramos lo que comúnmente llamamos “cultura”, no puede figurar siquiera entre esas modificaciones adjetivas de un sujeto personal, llamadas por la tradición accidentes. En estos casos su entidad se reduce a constituir un accidente de accidentes, o sea, adjetivo de adjetivo, un conjunto de modificaciones de otras modificaciones más inmediatas al sujeto; en otras palabras, un conjunto de accidentes en segundo grado, vale decir a modo de ejemplo, nuestras acciones pueden ser precisadas por su objeto: la inteligencia por los conceptos que la configuran, determinan y terminan; el apetito intelectivo o voluntad por sus tendencias e inclinaciones hacia los objetos que la inteligencia le presenta como buenos. Incluso las actividades sensoriales (tan admiradas por los dermotoesqueletos del empirismo), a pesar de su comparativamente modesta calidad, por el objeto formal peculiar a cada cual. La cultura, en cambio, no alcanza ni siquiera esta modalidad de ser accidental, dada las circunstancias que la manifiestan en su entorno las que corroboran nuestra presente manera de pensar. Son innumerables las maneras las definiciones que se han formulado y se siguen formulando acerca de este controversial concepto, señal ineludible de que ninguna resulta del todo suficiente. Pues, nos encontramos con que se perora acerca de la cultura individual, como por ejemplo cuando se dice que tal o cual persona resulta ser culta; se habla también de las culturas ambientales, como cuando se habla de sociedades civiles o naciones dotadas de cultura, de asociaciones culturales, de instituciones destinadas a propagarla por doquier, etc. Y lo que podemos concluir con verdad, es que ninguna de estas afirmaciones expresadas puede ser estimada como falsa.

Entonces, considerando que aún no sabemos qué es realmente la cultura y en qué consiste su definición. Optaremos por recurrir al antiguo método del análisis a partir de su etimología.

Antes de comenzar con la etimología del concepto, es bueno precisar que se hará una marcada diferencia, entre lo que es la cultura verdadera y aquello que lo es en apariencia, y de modo principal o exclusivo si se quiere, de lo que decíamos más arriba lo que constituye la simple e indigesta erudición. Es importante esta diferencia, porque es fácil confundir la simple erudición con la cultura, y siguiendo a Bergamín, podemos decir que hay dos clases de espíritus bien delimitados: los que aprenden para repetir y los que comprenden para saber. El erudito sin duda alguna es de los aprendices que repiten; aquí están los enamorados del detalle, del dato concreto, de la anécdota. Con ello se expone a expresar tan sólo frases hechas (típico aprendiz de libertario), sin que se le ocurra ni pase por la mente hacerlas por cuenta propia. En este caso, al referirnos a hacer frases, no me refiero a lo que es la pura frase en sí o en la sola perspectiva del gramático, sino en su contenido. Resulta evidente que no es lo mismo, ni por roce, un hombre culto que un simple erudito que, por serlo en exclusividad, siempre termina en un pedante. Para ser más claros y comprensible aún, el erudito y el pedante, que son una y la misma cosa, saben muchas cosas, pero las cosas que saben se encuentran inconexas entre sí; en cambio, el hombre culto no es tanto el que sabe muchas cosas sino el que sabe mucho, lo cual es muy distinto.

Por todo lo anterior, me detendré para distinguir entre las nociones de saber y conocer, porque por lo general se toman indiferentemente la una por la otra, pero en rigor, al procederse de este modo, se está incurriendo en un confusionismo. El saber está indicando algo mucho más profundo que el simple conocer. De ahí que el saber tenga similitud en la lengua castellana con el sabor, de ahí que podemos determinar dos significados muy precisos: por una parte, captar perfectamente una doctrina; y por otra, procurar complacencia al paladar. El saber es como un manjar que sabe a gloria.

Ahora, ciñéndonos al significado más estricto del concepto, el saber no nos señala un simple conocer sino un conocer que debe ser, además, calificado de sabroso. Por lo demás, esta distinción entre el saber y el mero conocer ocupa un lugar muy importante, entre los que experimentan y especular doctrinariamente sobre las realidades sobrenaturales. Así considerado, el saber propiamente dicho mantiene relaciones más o menos estrechas con lo que recibe el nombre de experiencia. Es un hecho, que el sentido del gusto y del tacto son los que ponen en contacto más directo al sujeto cognoscente con el objeto conocido, mientras que por su parte, la vista tiene de intermediario a la retina coloreada entre el sujeto que ve y el objeto que es visto; de la misma manera, ocurre con el oído, no hay contacto físico inmediato entre el sujeto que oye y el objeto oído. Y en este sentido, es evidente que el saber se asemeja más a los sentidos del gusto y el tacto, que a los de la vista y el oído, es decir, el saber está indicando un conocer asimilado, o más bien, un objeto conocido de tal modo que ha sido asimilado por el objeto cognoscente. Un objeto que ha dejado ya de revelarse como objeto para pasar a formar parte de la estructura misma del sujeto.

Es con este conocer asimilado con el que mantiene estrechas relaciones la cultura. Porque en definitiva, lo que ocurre en este caso es que el objeto conocido, en su propia calidad de objeto, no puede dejar de contraponerse al sujeto cognoscente, y esta contraposición frente al sujeto lo que justifica su epíteto de objeto.

Si analizamos el objeto, su misma etimología nos revela que procedente del latín objectum. A su vez, el objectum latino proviene de dos elementos que son el prefijo de ob que significa “frente a” o “en contra de”, y el participio pasado de iactum que significa “lo que yace” o “lo que está tendido”. Además, esta es la significación profunda de un término que hoy se usa a trochemoche sin que se tenga una idea demasiado clara de lo que significa: la palabra obvio. Lo que quiere decir esta palabra es “lo que nos sale al encuentro en el camino”, porque este término consta de dos elementos constituyentes, a saber: el prefijo ob, y el sufijo vía, que expresa la idea de ruta o camino. Por tanto, obvio nos resulta como lo que está tendido en el camino frente a nosotros, y que no podemos no tomar en consideración, queramos o no, porque nos impide el paso en nuestro camino de seguir adelante. Por tanto, debemos encargarnos de ese asunto, y en el camino del saber, están prohibidos los atajos. Todo esto nos lleva de inmediato a concluir que el conocimiento perfectamente asimilado de una verdad o doctrina implica, cierto desaparecimiento en nuestra mente de la verdad o doctrina conocidas.

Y por la misma razón anterior, se considera que una persona verdaderamente culta puede aparecer, a la postre y para quien no sepa bucear en las profundidades mismas del problema, como alguien no muy documentado o letrado. Por supuesto que semejante apreciación, es más corriente de lo que se puede esperar, constituye un profundo y lamentable error. Por eso es llamativo que ciertos escritores autodenominados “intelectuales”, defiendan la solidez de sus libros en base a lo abultado de su bibliografía y no en la profundidad de su tratamiento, de ahí que estos eruditos pedantes, señores del youtube deslumbren a los beocios y a los filisteos, por la sencillísima razón de que los beocios y los filisteos no son capaces de llegar hasta la entraña misma de las cosas. Pero en fin allá ellos, seguro viven cómodamente con su erudición de cápsulas de multimedia, su conocimiento de matinal, y de su adoración a los influencer de manual, de ahí que su postura cómoda no les permita conocer la realidad de las cosas, y se contenten con el resumen, con el argumento on demand, con la receta para la respuesta correcta, la frase hecha y el argumento de autoridad, víctimas de lo instantáneo, de la vida a toda prisa, carentes del razonar, faltos de masticar y saborear el saber, amigos de la macdonalización de las ideas, de las teorías para llevar y de las doctrinas de delivery, en definitiva: intelectuales (eruditos) de microondas.

Pero, en fin, en un hecho que los que poseen mente aguda y penetrante llegan casi siempre a hartarse y molestarse al tener como interlocutores a los enamorados de las bagatelas; mientras que, con las personas que de veras son cultas, terminan siempre sintiéndose a sus anchas. Porque no es que el erudito sepa más o menos cosas que el culto, no se trata de eso, sino que sepa muchas o pocas cosas, en definitiva, lo que sabe la persona culta lo tiene bien sabido y bien sentado. Y por esto le infunde un señorío personal, a la vez que doctrinal del que son radicalmente incapaces el mero erudito y el pedante.

De esta suerte, la persona culta es la que sabe dominar firmemente y manejar a perfección las verdades que posee y en cuya virtud ha llegado a enriquecer su personalidad. En cambio, el simple erudito se conduce siempre a manera de dermoesqueleto, en cuyo número figuran, sino me equivoco los cangrejos. Porque parecen andar como entrabados u oprimidos por eso mismo que parecen saber y que sólo se limitan, y aún, a conocer, o mejor, a repetir. Por eso es preciso mirar estos asuntos muy atentos, a fin de no incurrir en errores lamentables que resulten grotescos y ridículos. Gracias a Dios, el erudito y el culto se encuentran situados en los dos polos contrapuestos de un solo y único eje.

Habiendo realizado un gran pero no menos importante paréntesis, comenzamos con el examen de qué es en definitiva la cultura y en qué consiste ser culto. Para comenzar, como señalamos anteriormente, la cultura se dice tanto del individuo como de la comunidad o de sociedades. Por tanto, cabe preguntarse ¿La Cultura es primordialmente patrimonio de individuos racionales, o bien pertenece, en prioridad cronológica, a los organismos colectivos?

Para dar respuesta inmediata a esta pregunta afirmaremos: la Cultura afecta necesariamente primero a las personas que son individuales que a las que son de tipo colectivo.

Es preciso señalar que las únicas entidades existentes, en el sentido propio del término, son los individuos y personas. En lo que respecta, a las que son de tipo colectivo, la existencia de la que gozan viene a ser, la de los individuos que se hayan integrándolas. Vale decir, si podemos referirnos a sociedades civiles y otros organismos colectivos dotados de cultura verdadera, se debe única y exclusivamente al hecho de que primero son cultos los individuos que la componen.

Ahora bien, acudiendo a la primera tarea propuesta, comenzamos con el análisis etimológico de la cultura. Como se puede apreciar a simple vista, es una palabra venida del latín, y consultando el diccionario se puede advertir que los verbos se citan siempre partiendo del presente del indicativo para terminar en el infinitivo. En nuestro presente caso, el vocablo castellano viene a ser la traducción casi literal del participio pasado del verbo: colo, colis, colui, cultum, colere.

Se podrá advertir que el término castellano de Cultura proviene del participio pasado de cultum, que se toma en la acepción de cultivado. Ahora bien, cotejando un buen diccionario la significación primera del término en cuestión, que se encuentra en autores como Cicerón, Ovidio, Quintiliano, es de cultivar, labrar la tierra; solo en un segundo instante, se toma en la de orar o habitar.

Luego, se quiere decir en nuestro caso, que se trata de laborar o labrar nuestra alma. Fijémonos con cuidado en la acepción anterior, no es la especie lo que distingue, por hipótesis, “el fruto cultivado del fruto rústico”; pues no es la especie, sino el modo como se haya tratado dicha especie. Análogamente, no son los datos o las verdades conocidas por el hombre lo que lo hace de veras culto o cultivado, de ahí que los señores de las encuestas, de las estadísticas, del resultado del ejercicio, no sean cultos, sino simples eruditos que no han cultivado ningún saber en su alma, sino sólo recitado un dato como buscadores de la rima consonante. En definitiva, el culto es del modo según conoce estos datos y verdades, por consiguiente, no es la mayor o menor multitud de verdades captadas lo que distingue irremediablemente al pedante del que es culto de veras. Es el modo como uno y otro las captan, porque según se ha dicho previamente, el erudito conoce las verdades sólo en superficie; en cambio, el culto las conoce en función de la profundidad con que de suyo se ofrecen.

Es este saber ya asimilado lo que constituye la Cultura, y nuestra presente afirmación resulta estrechamente vinculada a lo que ya dijimos, a la noción de cultivar, porque resulta manifiesto que cualquier saber asimilado no es cosas de comienzos, sino de acabamiento y de remate de un trabajo más o menos prolongado. En consecuencia, nadie nace culto, ni se compra por amazón, no se hereda por apellido, ni se obtiene en grupos de wathsapp, ni mucho menos se obtiene por osmosis, sino que se llega a serlo en el largo ejercicio de la vida, en medida que se destina tiempo a la formación y la reflexión para llegar a las profundidades del saber, en definitiva: “en horas veinticuatro, pasaron de las musas al teatro”.

En definitiva y última instancia, la cultura consiste en que los conocimientos que se han ido asimilando a través de nuestra vida, se han ido convirtiendo ipso facto en la propia sustancia del sujeto. Es por esta razón, en un primer momento respecto de quienes carecen de la agudeza necesaria para permitirles visualizar este fenómeno con tino y acierto, semejante circunstancia significa un infortunio para el alma humana, porque ha de haber merecido un mayor esfuerzo en la actualización hacia lo humanizante. De ahí que el culto tenga más de humano que el simple erudito amante de los sentidos, empirista y pragmático.   

.