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Osvaldo Rivera Riffo
Presidente
Fundación Voz Nacional


Este es un tema acuciante en la política de hoy donde se tiene que tener una posición muy clara al abordarla, sacándola de la concepción que hablar de cultura es hablar de arte y artistas en cualquier disciplina.

Eso conduce a grades equívocos y peor aún a hacerse cómplices de la izquierda como ha ocurrido hasta ahora.

La expresión guerra cultural viene de la palabra acuñada en Alemania “ kulturkampf” (lucha cultural)y que se refiere al enfrentamiento entre grupos culturales y religiosos en la campaña del canciller Otto Von Bismark entre 1871 a 1878 contra la influencia de la religión en relación al ejercicio del poder.

En 1979 en Estados Unidos el neoconservadurismo advirtió la necesidad de librar una “guerra cultural” contra la “nueva clase” conformada por intelectuales, académicos, burócratas y comunicadores identificados por su posición radicalmente progresista, para defender los valores tradicionales y conseguir la regeneración moral de Estados Unidos.

En el libro de James Davison Hunter de 1991 Guerras Culturales, el término empezó a utilizarse más intensamente en muchos países y fundamentalmente en américa latina.

Este autor percibió un realineamiento polarizado de la política de los Estados Unidos y la cultura incluyendo la problemática del aborto, tenencia de armas en distintos estados, inmigración, separación iglesia -estado, intimidad, uso recreativo de drogas, derechos de género y censura.

El término guerra cultural puede implicar un conflicto entre aquellos valores considerados tradicionales o conservadores y aquellos considerados progresistas.

En muchos escritos y programas de la Fundación Voz Nacional hemos profundizado sobre estos temas filosóficos, desarrollados con mayor fuerza a partir de los años 60.Sin embargo vienen de un arrastre de los años veinte, cuando los valores urbanos y rurales entraron en evidente conflicto. Fue el resultado de la inmigración europea al país de la esperanza, como también el resultado de las tendencias modernizadoras de los locos años veinte.

Sin embargo el libro en comento redefinió la “guerra cultural” rastreando cómo les anticipé hasta los años 60, tomando varias formas a saber en esta guerra.

Hunter argumenta que en un número creciente de temas candentes como aborto, privacidad, uso recreativo de drogas, género y otros existen dos polaridades definibles. La sociedad se ha dividido en estos asuntos hasta constituir dos grupos contenedores definidos principalmente no por religión nominal, etnicidad, clase social o incluso afiliación política, sino por cosmovisiones ideológicas.

Como ejemplo es importante recordar que en las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 1992 el comentarista Pat Buchanan montó una campaña dentro del Partido Republicano contra George H.W. Buch. Lo hizo en un lapso de tiempo del noticiero central en medio de la Convención Republicana dando un discurso sobre la guerra cultural, señalando duramente a ecologistas, al feminismo y la moralidad pública como asuntos fundamentales, aparte del conflicto religioso para una nación creyente.

Más tarde caracterizó el conflicto como una lucha por el poder para definir socialmente lo políticamente correcto y lo incorrecto. Nombró aborto, orientación sexual y cultura popular como frentes importantes y mencionó otras controversias como son la bandera de los estados confederados de América la navidad y el arte financiado con impuestos. La complicidad de los sectores democráticos con estas nuevas tendencias los llevó a hacer oídos sordos a estas denuncias, marcando la polarización del país.

Las guerras culturales influyeron el debate sobre currículum en historia en escuelas públicas, como otras disciplinas humanistas que de impartirse tendrían que ser desde una mirada crítica e interpretativa, de acuerdo a una visión revisionista de la historia.

El neoconservadurismo cambió los términos del debate a inicios del 2000. Está cosmovisión llamada conservadurismo difiere de sus adversarios en que interpretan los problemas que el país enfrenta cómo asuntos morales más que económicos o políticos. Por ejemplo los neoconservadores vieron el declive de la estructura familiar tradicional como una crisis espiritual que requiere una respuesta espiritual y los críticos los acusaron de confundir causa con efecto.

Sin embargo en el resultado de las sucesivas votaciones limpias e informadas aquellos que se identifican con la identidad nacional, con las tradiciones, votan por los Republicanos mientras quienes se identifican con los liberales o modernistas votan por los demócratas, independiente de las religiones.

El debate sobre aborto, sigue siendo un tema relevante en la guerra cultural mientras no se internalice en el consciente colectivo el valor de la vida desde la concepción hasta la muerte, salvo casos médicamente recomendables y que la legislación ya permite. Lo mismo ocurre con la religión cuya importancia sólo depende de la voluntad personal de darse la creencia religiosa que así lo estime. El género pasa por una consideración relevante: nadie colectiva ni personalmente puede arrogarse el derecho a agredir la dignidad de una persona con fines ideológicos.

Todos estos temas los he resumido en este largo trabajo recogido de los textos del escritor Hunter, porque nada de lo expresado es ajeno a lo que hoy la izquierda en Chile pregona y su candidato sostiene.

La historia queda reflejada con lo ocurrido en Estados Unidos donde Foucault, uno de los filósofos posmodernistas, se instaló ya que estaba seguro que sus teorías se aplicarían con mayor exactitud en una sociedad corroída por el nihilismo y la indiferencia.

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