7 de noviembre de 2016 

 

 

 

 

Por Pablo Errázuriz Montes


Quienes presumimos de monitorear el devenir social, hemos sido sorprendidos por una enorme convocatoria popular en Santiago y en ciudades de provincia, que “exige” el fin de las Administradoras de Fondos de Pensiones. No pretendo con esta reflexión entrar a los aspectos técnicos y jurídicos de la administración de los fondos destinados a jubilación de las personas, ni a la absurda pretensión de las masas que se manifiestan -y de los demagogos que las articulan- de reducir el problema, para dar una sensación que, basta la pura voluntad para solucionarlo. Mi intención es referirme a fenómeno que subyace a esta voluntad difusa expresada por los manifestantes.

Vivimos en un mundo inédito en la historia de la humanidad. Por ello, para interpretarlo, la historia como magister vitae, no nos es muy útil y esclarecedora. Ello por cuanto la sociedad contemporánea vive una era del facilismo, que no tiene precedentes conocidos en el devenir humano en el planeta.

¿En que se manifiesta el facilismo contemporáneo? El entorno en que nos desenvolvemos humanamente, es un complejo de facilidades y dificultades para la satisfacción de nuestra voluntad para con ese entorno. Resulta útil hacer un reconocimiento comparativo de las circunstancias que nos rodean ahora, con la que rodeaba al hombre de otros tiempos.

El alimento diario, si bien hay que ganárselo, las unidades de esfuerzo que el hombre contemporáneo debe desarrollar para obtenerlo, son minúsculas comparadas con el que agobiaba al hombre de otros siglos. La sexualidad, con la píldora anticonceptiva y ahora último con el viagra, es una necesidad fisiológica que ha perdido gran parte de la complejidad que tuvo antaño, encerrada en normas rígidas de conducta, e instituciones jurídicas como el matrimonio. Las enfermedades que asolaban a la humanidad, hoy son reducidas a la mínima expresión. Las distancias del espacio físico, que obligaba al hombre de antaño, a migraciones riesgosas para su vida e integridad, viajes costosos y tediosos; hoy se reducen a un viaje al aeropuerto y las “molestias” de embarcarse en un enorme tubo de acero que en pocas horas nos deposita al otro lado del planeta. Y así, suma y sigue; cualquier aspecto problemático del hombre de antaño, es hoy una cuestión sorprendentemente trivial.

Pero este facilismo, nos enfrenta a otras disyuntivas a las cuales el hombre no estaba acostumbrado: la vida física se extendió de una manera inédita. Vivimos hasta los 90 años o quizá en un futuro, más aún. Por otra parte, la cantidad de “cosas” que ofrece la modernidad a disposición de quien pueda comprarlas, produce una diferenciación, entre las personas que tienen, y las que no tienen tanto; que hace agudas y llamativas las desigualdades y hasta genera segregación social. En el siglo doce, la vida cotidiana de un rey con la vida de un siervo de la gleba, era muy parecida. No porque el rey fuera solidario con el ciervo de la gleba, sino porque simplemente existían pocas cosas que los diferenciaran.

Así pues, las expectativas se extienden exponencialmente, a poseer una cantidad de cosas que nos brindan facilidades en la vida; cosas que los hombres de antaño no necesitaban porque no existían. Y adicionalmente tenemos el problema que necesitamos estas cosas por muchos años, porque nos encontramos que nuestra proyección de sobrevida se extendió en el tiempo.

Pero como contrapartida – o consecuencia- de este facilismo, el hombre contemporáneo ha visto deteriorada progresivamente su capacidad de gobernar su propia vida. Capacidad que el hombre pretérito disponía en mayor grado. En el aspecto económico y de las certezas respecto del futuro, una sociedad más básica o menos compleja; permite a los individuos un mayor grado de autarquía y los obligaba a un mayor grado de integración. La vejez se enfrentaba en un contexto mayormente integrado con otros individuos. Los seres humanos se desenvolvían con las naturales angustias respecto de los que les sucedería en el futuro, pero esas incertezas, no eran tan severas y explícitas como las que inspira el mundo contemporáneo. En esto también hay un alto grado de subjetividad. El hombre pretérito estaba más familiarizado y era más tolerante con las naturales incertezas que proyecta el futuro en la mente humana. El individuo contemporáneo crece y se desarrolla en un mundo que marcha como reloj suizo. Las incertezas lo angustian entonces mucho más.

Volviendo a nuestros días: El dinero es un invento técnico. Se trata de disponer un medio universal de medición de valor. El hombre contemporáneo ha sofisticado este invento, luego de grandes fracasos, como la depresión del 29 o la estagflación de los años 60. El rico contemporáneo, no es como el rico del evangelio, que lo era por la cantidad de trigo que acumulaba en sus graneros. Ahora la medida universal de valor es el dinero. Para mitigar o suprimir las incertezas que el futuro nos depara, debemos pues, acumular dinero. En este aspecto las AFP, ideadas y creadas en Chile, han sido la herramienta más sofisticada del mundo, para que los individuos acumulen dinero al menor riesgo posible. Eso es indiscutible. El que niegue esta evidencia, se sustenta, o en datos falsos, o en datos equivocados de contexto.

¿Cuál es el problema entonces y la razón de la condena? La razón hay que encontrarla en que las AFP son una herramienta idónea que funciona eficientemente solo, para los cotizantes que tienen el talento de hacerse ricos.

Sucede que una mayor proporción de la humanidad – y de los chilenos, por cierto- no dispone de talentos para “hacerse ricos”; ¿a qué me refiero con “ricos”? A disponer de bienes -en la cantidad y calidad que se usa hoy- que le permitan vivir cómodamente sin la obligación cotidiana de trabajar y proyectar esa condición hasta el fin de sus días.  ¿A qué me refiero con talento para “hacerse” rico? A circunstancias de la vida -meras circunstancias-, sean estas destrezas de la inteligencia, de la voluntad o facilidades/dificultades, fisiológicas, geográficas, sociales, familiares o de cualquier tipo; que hayan permitido al que las posee, ahorrar ordenadamente y acumular un patrimonio suficiente al efecto señalado.[1] El enumerar la causalidad, la justicia, la naturaleza endógena o exógena de esas circunstancias, da para escribir diez tratados. Para nuestro tema, baste decir que son meras circunstancias las que condicionan que una persona sea rica o pobre (según la conceptualización precedente).

Entonces pues, tenemos que un mayor porcentaje de la población -no solo en Chile sino en gran parte del planeta- que no ha tenido talentos para hacerse ricos, que sufragan sus necesidades con su trabajo diario, que vivirán hasta los 90 años o más, y que, en el peor de los casos no son capaces de sobrevivir sin trabajar, y que, en el mejor de los casos, no dispondrán suficientemente de los bienes que hacen cómoda y grata la vida, así como se entiende la vida cómoda en la modernidad.

A la hora de ofrecer soluciones surgirán los demagogos siempre dispuestos a “caer simpáticos”, con propuestas de “sistemas” o “modelos” que solucionarán el problema mágicamente sin sacrificio para nadie, solo con “purgar” a la sociedad de los perversos y opresores sistemas, que son la causa del fenómeno descrito.

El llamado sistema de reparto que es “el otro modelo” previsional, consiste grosso modo que los trabajadores activos, esto es, las personas que se encuentran en el mercado laboral formal en actual ejercicio, provean a la manutención de los pasivos, esto es, a las personas en edad de jubilar o jubilados. Parece una mala broma proponer la resurrección del sistema de reparto, como medio de solución. Basta averiguar que pasó en Chile con ello y saberse las cuatro operaciones aritméticas, para concluir que aquello no solo no sería una solución, sino que afectaría fatalmente el desarrollo económico y la formalización del mercado laboral activo, generando un problema de carencia de ahorro, progresivo y mayúsculo.

La multitud de personas que se manifestó, condenan sin juicio previo a las AFP, como la personificación de un futuro paupérrimo que los angustia, para un número importante de afiliados y no afiliados. Una idea que se funda en el sentimiento de miedo y abandono para “los que sobran” -como se leía en un lienzo de la manifestación pública-. Para esos “que sobran”, ver en derredor tanta prosperidad y compararla con la realidad que se aproxima, de ser un pensionado que solo tendrá un ingreso de 200 dólares, estimula la rebelión contra el “sistema”. Los demagogos estimulan este sentimiento con la falsa idea que, alguien se quedó con lo que les era propio, y ahí está la causa de su futuro paupérrimo.

Purguemos el debate de los demagogos y de los iluminados que ofrecen recetas y modelos que solucionarán por arte de magia el problema. Reconozcamos que en el juicio público subyace un problema que, no es económico. Y no es económico porque la sociedad opulenta que nos rodea es capaz de sufragar la manutención de los pasivos, de una forma que antes no pudo hacerlo. Si se dispara contra el sistema de mercado paradojalmente se dispara contra la gallina de los huevos de oro que permite disponer de esos medios para costear la mantención de los pasivos. Si destruimos el sistema de AFP destruimos uno de los mecanismos de esta gallina de los huevos de oro, mecanismo que ha permitido la capitalización individual y colectiva de la sociedad chilena.

Ataquemos el problema real. Usemos el poder del Estado y de sus políticas para hacerlo. El problema es cultural. Y por cultural quiero referirme, a que sus causas se derivan del tipo de vida que el hombre moderno prefiere y opta, y de las expectativas que se generan. La causa está en una cuestión muy profunda y violenta: la arquitectura de la vida contemporánea.

Estimo que, en el paradigma cultural contemporáneo en que Chile se desenvuelve, las reales y racionales opciones para encarar el problema desde el punto de vista económico nos conducen a una aporía que nos enfrenta a una perplejidad sin solución.  ¿Por qué sin solución? Pues porque si la vida de los past 60 se vive con el estilo ordinario que viven los sub 50, no hay recursos que la hagan sostenible. Necesitamos tal cantidad de cosas y situaciones sofisticadas y costosas, que para disponer de ellas hasta los 90, requeriríamos una riqueza y ahorro que no disponemos y conjeturo que jamás dispondremos.

La solución no es fácil porque solo se encuentra en un cambio de la cultura de la tercera y de la cuarta edad. Volver a lo simple. Volver a lo básico para la existencia, mirar el mundo desde la perspectiva humilde de quienes nos acercamos al fin o a al tránsito hacia otra vida -según sea la creencia de cada cual- Moderar los apetitos y hacerlos congruentes con un planeta que está cansado de soportar la presión que sobre él ejerce el género humano. Sabiduría, moderación, progresivo desapego. La salud corporal, que se ha hecho sinónimo de hospitales, prestaciones médicas, traslados, asistencias de terceros etc. se puede conservar y promover con una vida sana que sea el efecto de una mente sana y desapegada. Si hemos sido neuróticos hasta los 50, los past 60 son los años de desprenderse de dichas neurosis que son grandemente la causa de los achaques físicos.

Copiarle al poeta Machado; “y cuando esté al partir la nave que nunca a de tornar, me encontrareis a bordo, ligero de equipaje, casi desnudo, como lo hijos de la mar

Para esa vida digna, pacífica, desapegada, la comunidad organizada en el Estado, deberá ofrecer a los que no disponen de lo propio, hogares colectivos en el norte del país con dotaciones de medios para hacer alegre y humanizadora la existencia de la tercera y cuarta edad.

Me refutarán que aquello no es posible por cuanto aquello de cultural es una decisión individual y soberana. Contra dicho argumento observo que todos los días la publicidad nos machaca para que sintamos necesidad de cosas que no necesitamos ¡y terminamos necesitándolas!! Eso lo reconoce cualquier analista. La publicidad de la deshumanización resulta -it work-. ¿Por qué no ha de funcionar la publicidad que humaniza? Ahí tienen el ejemplo del combate al tabaquismo. Ha funcionado.

Propongo un cambio cultural provocado por política de Estado desde dos puntos de vista: Hacia los no viejos (sub sesenta): Sacralizar la vejez a través de un impuesto a la tercera edad para subvertir soluciones colectivas. Hacia los viejos (past sesenta): Moderar las espectativas de lo que es el "buen pasar" y ser receptivos a ofertas del Estado de soluciones colectivas de manutención.


[1] Andrés Bello con su prurito por la precisión conceptual, en el capítulo de las guardas del Código Civil, señala que podrán excusarse de ser guardadores, los “pobres”, esto es dice el código, las personas que viven de su trabajo diario.

Fuente: https://pabloerrazurizmontes.blogspot.com/2016/11/sobre-elproblema-de-las-afp-y-de-la_7.html

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