4 de junio de 2023 

 

 

 

 

 

Pablo Errázuriz Montes


Me prometí no involucrarme en el debate del cincuentenario del 11 de septiembre de 1973, por la extrema dificultad de llegar a conclusiones ecuánimes de la experiencia real de aquel evento, mientras los que lo vivimos estemos presentes. Etimológicamente digo que soy un experto en aquel fenómeno histórico. Es así, porque experto es quien tiene la experiencia. Viví los factores que le generaron, el desarrollo de los acontecimientos y sus consecuencias. No puedo referirme a ello sino como una experiencia biográfica. Y como la vida es una sola y los afectos y desafectos nos acompañan como la sombra al cuerpo, es difícil ser ecuánime.

Por lo anterior, esta crítica será muy breve. Aspiro sirva para que los lectores del libro de mi generación, a la mitad del libro no estén tentados en lanzarlo lejos, por no representar su perspectiva, en aquel tema tan candente aún. Les sugeriría que no lo hagan, porque es un buen libro. Yo no lo hice. Llegué al final de su lectura.

El esfuerzo de Mansuy es enorme, en el sentido de un intento muy difícil – diría casi imposible- de mantener un eclecticismo y ecuanimidad en el relato. Su intento es observar y enjuiciar el fenómeno desde un panóptico ascético de pasiones. Literariamente el libro es de buena calidad y representa un plausible esfuerzo académico, por la cantidad y lucidez de las experiencias personales descritas como pie de página.

Pero la obra adolece de una cojera, que a mi juicio grave. Y dice relación con el silencio de las conductas implícitas de los principales actores de la tragedia: la izquierda revolucionaria de la UP, y la democracia cristiana revolucionaria que gobernó sin contrapesos, en el período inmediatamente anterior al triunfo de la unidad popular.

Se arrastraba Chile desde el gobierno de Carlos Ibáñez y de Jorge Alessandri, en una situación de deterioro persistente y constante de las condiciones de vida de una parte muy importante de la población. No es el lugar para describir cuestiones económicas y sociales muy bien descritas por muchos autores. La modernización entendida como una mutación e incremento de las expectativas de la población, fue un parto doloroso en Chile. Se manifestó en un crecimiento exponencial e inorgánico de las poblaciones urbanas, un deterioro de las condiciones de vida en la población agraria y la pérdida del impulso nacional de otros tiempos pretéritos. Las razones de ese fenómeno son muchas, complejas y por su puesto exceden el sentido de estas letras.

Dicho aquello, una fracción dominante de la élite política fijo un diagnóstico: Chile se deterioraba a causa de la estructura social del país. Los problemas de Chile se solucionarían en la medida que se cambiasen esas estructuras sociales. Y como herramienta para ello, cambiar las estructuras económicas. El diagnóstico hegemónico era que Chile vivía una dualidad injusta que era urgente e imprescindible cambiar. Había en Chile según tal diagnóstico, víctimas y victimarios de aquel indeseable estado de cosas. El remedio pues, era purgar a Chile de los victimarios y reemplazar la estructura social y económica, por una que traería, paz y prosperidad. La antigua formula revolucionaria de cosificar y clasificar como lo hace un entomólogo, a los seres humanos. En la elección presidencial del año 1964 se enfrentaron, sin contradictores, dos posiciones ambas revolucionarias: quienes abogaban por una llamada revolución en libertad y quienes proponían una revolución proletaria, bajo las recetas e ideas que aportaba el marxismo escolástico.

Se vivía entonces con ferocidad la guerra fría, que enfrentaba a las potencias hegemónicas de entonces, EEUU y la URSS. Tal enfrentamiento se vivía, bajo el temor real y cotidiano de una demencial guerra nuclear que estuvo a punto de estallar en 1962 con la crisis de los misiles. Ambas hegemonías tenían sus corifeos en el frente local. 

Triunfó en 1964, la propuesta de la democracia cristiana, públicamente apoyada por Estados Unidos, y aplicó en su mandato, una drástica revolución a través de la reforma agraria, que prometía mejorar la producción y productividad agrícola, propiciaba la intensificación de la estrategia de desarrollo industrial, protegida a través de aranceles altos que impedían las importaciones y exportaciones, y planificación económica que imponía control de precios. La ley de reforma agraria y su patético diseño reglamentario, fue obra de un líder demócrata cristiano que sería un actor relevante en esta tragedia: Patricio Aylwin Azocar.

El resultado de aquel experimento fue un rotundo y dramático fracaso, del cual, hasta el día de hoy, nadie se ha hecho responsable. El país continuó su deterioro y los niveles de pobreza se incrementaron. El  gobierno demócrata cristiano, a pesar de disponer de un alto precio del cobre, única fuente de divisas; no pudo mejorar la situación económica y agudizó los odios ya existentes  a causa de los expolios causados por la reforma agraria, cuyo único efecto, aparte de la ruina de los expropiados, fue mayor pobreza en el agro, y deterioro de la productividad de esa rama de la economía. La hacienda pública debió recurrir al consabido mecanismo de emisión inorgánica del peso para cuadrar las cuentas, incrementando la inflación y el deterioro de la capacidad adquisitiva de los que vivían de un sueldo, que entonces eran la gran mayoría.

La inestabilidad social derivada de la pobreza, falta de oportunidades y empobrecimiento de quienes, hasta antes de ese gobierno no eran pobres, intensificó la odiosa polarización del país. Las elecciones de 1970 se vivieron como una guerra de vida o muerte. Allende obtuvo una mayoría relativa por escaso margen sobre el candidato que reusaba a continuar con los experimentos revolucionarios. La democracia cristiana, reflejando su fracasado gobierno, llegó en tercer lugar en aquella triste disputa electoral.

Es aquí donde el libro de Mansuy no cumple con el objetivo de traer claridad sobre el fenómeno analizado, porque soslaya ese clima que nublaba el horizonte de Chile. Y que, probablemente, habría condenado al fracaso, a cualquiera que hubiese sido, quien asumiera la presidencia de la república.

Salvador Allende, desde el inicio de su carrera política, navegó en posiciones de izquierda, e integraba un partido, el socialista, fundado por su pariente Marmaduque Grove, que arrancó como un partido reformista bajo la inspiración de otros movimientos latinoamericanos, en particular del APRA del peruano Víctor Raúl Haya de la Torre. Disputaba en sus inicios, a horca y cuchillo, la preferencia de las clases populares, al Partido Comunista. Al poco andar y como consecuencia de la revolución cubana de 1959, adhirió al marxismo leninismo, como ideología para inspirar su praxis. En el Chile polarizado de 1967, aprobó en su tristemente célebre Congreso de Chillán, como método de praxis política, el leninismo Guevarista y proclamó su intención de superar, la democracia burguesa para imponer la sociedad socialista, si era necesario, por la fuerza de las armas, y aceptar la fórmula de la revolución violenta al estilo del asalto al palacio de invierno. Salvador Allende era parte de esa metamorfosis revolucionaria. Cuesta entonces compatibilizar aquel Allende republicano, demócrata y amable con las soluciones pacíficas que retrata el libro, lo que lleva al lector a una perplejidad sin explicaciones plausibles.

Y, creo yo, esa confusión se deriva del ocultamiento del Allende real. Aquel que indultó a los terroristas al iniciar su período, y que, en febrero de 1971, tenía entre sus guardaespaldas, a varios de aquellos terroristas indultados, dentro de los cuales estaban los hermanos Rivera Calderón[1]. Ambos hermanos Rivera Calderón, semanas después, siendo aún integrantes de la guardia pretoriana presidencial llamada GAP, asesinaron a sangre fría a Edmundo Pérez Zujovic, en una ejecución revolucionaria, supuestamente por su responsabilidad como ministro del Interior de Frei, en un incidente en Puerto Montt, en que fuerzas policiales dieron muerte a activistas revolucionarios en 1967. El amable y democrático Allende, envió entonces a Eduardo Coco Paredes, su amigo y director de la policía de investigaciones, a cazar a los Rivera Calderón, quien asesinó a ambos hermanos en un enfrentamiento, uno de los cuales se había rendido y tenía las manos alzadas cuando Paredes lo acribilló. Huelga decir por orden de quien.

Mansuy y los intelectuales de izquierda que el libro cita latamente, se preguntan y preguntan sin respuestas plausibles, como fue posible que aquel Allende empático con la tradición republicana, no haya sido capaz de detener la polarización suicida para la Unidad Popular, en los restantes dos años que duró su gobierno. Retrata el autor, a un Allende, como un barco de papel agitado por las enormes olas de odio y desquiciamiento revolucionario de sus partidarios.

El odio, dice Ortega y Gasset, es un cruel resorte de acero que impide al observador, aproximarse y conocer la realidad observada. En aquel Chile esquemáticamente ordenado entre víctimas y victimarios, ese odio, aquella pasión pútrida a la que tantos fuimos arrastrados, era la emoción dominante, tanto en el Allende candidato del Frente de Acción Popular en 1964, como en el Allende candidato de la Unidad Popular en 1970, y desde luego en el Allende presidente entre 1970 y 1973. Ese odio y resentimiento hacia sus hermanos chilenos, que en su esquema mental eran los victimarios de la época, es el que inspira su odiosidad expresada en sus discursos (casi todos disponibles en audios grabados). ¿Cómo es posible que el autor del libro, no los haya escuchado o los haya soslayado en su análisis? Son particularmente ilustrativas sus exhortaciones en contra de Agustín Edwards Eastman, quien debió autoexiliarse para protegerse a él y a su familia, de la escalada de odiosidad inspirada personalmente por Salvador Allende Gossens.

Efectivamente como señala el autor, era un histrión seductor. Yo personalmente lo presencié en acción en dos episodios domésticos, que no viene al caso relatar y que me inspiraron admiración y simpatía por su pachorra. Pero lo relevante de contestarse es, ¿quién era el Allende hombre de Estado? ¿Aquel que amenazó de muerte al director del diario El Clarín, cuando este desafiaba su narrativa? ¿Aquel que nombró a Eduardo Coco Paredes en la dirección de la policía de Investigaciones, un sicópata asesino y torturador, del que los apologistas y relatores de la UP, se olvidan y ocultan exprofeso?

Efectivamente, Allende tiene una condición de víctima en su viril decisión de suicidarse. Fue una víctima como muchos, del odio entre hermanos. Víctima de su propio odio, de mi odio, del odio que gran parte de los chilenos nos profesábamos de modo irreconciliable, del odio de los políticos y funcionarios demócratas cristianos profesaron contra los propietarios de los predios expropiados, del odio con que Radomiro Tomic se refería en sus discursos a Jorge Alessandri etc. Es cuestión de leer la prensa de la época para dar con esa evidencia. En otros tiempos y hemisferios, del odio que Alexis de Tocqueville vivió como niño, en los tiempos del terror jacobino, lo que le inspiró escribir un libro, para que nunca más hubiese revoluciones donde los seres humanos pasan a ser cosas.

Pacificar, restañar heridas, poner paños fríos a las pasiones; todas tareas literarias plausibles, debe haber estado en la mente del autor. Pero aquello solo se consigue desde la verdad. Cualquier intento de ser políticamente correctos y respetar una narrativa miope de la izquierda, perpetúa el desencuentro entre los que vivimos esos aciagos acontecimientos.

Los chinos, una cultura infinitamente más sabia que la nuestra, recuerdan a sus hombres de estado, sin enjuiciamientos morales. Es parte de su creencia que sus iniquidades, crueldades, errores, aciertos, justicias; son parte del Gran Ciclo del Cielo. La dialéctica de la historia los chinos no la enjuician porque cada fenómeno tiene su causa y la decadencia es el efecto de la prosperidad y la prosperidad es el efecto del orden y el orden es efecto de la justicia y legitimidad. La decadencia es reemplazada por los hombres fuertes que reconstruyen la convivencia con dureza.

Sería magnífico que lográsemos superar aquel enjuiciamiento de nuestra breve historia nacional, sin cánones de buenos y de malos. Categorías que impiden entenderla. Algo de esto padece el autor: proteger la imagen de quien se inmoló luego de un discurso que, para quienes lo conocimos, fue una suprema expresión narcisista, sin el valor moral que le adjudica reiteradamente el autor. Da la impresión que el autor estima que,  por el hecho de haberse inmolado, sería parte de los buenos.

Respetar la memoria de nuestros estadistas, supone retratarlos de cuerpo entero y con sus luces y sus sombras, que en el caso de Allende son muchas.

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