
Por Raúl Pizarro Rivera
Sin “querer queriendo” pero absolutamente consciente de ello, el ex revolucionario estudiantil y quien prometiera hacer de nuevo a Chile, partiendo de una hoja en blanco, es el principal causante de que la ciudadanía le haya dado más que los votos suficientes a José Antonio Kast (P. Republicano) para que fuese el candidato de la derecha que accediera a la segunda vuelta presidencial del próximo 14 de diciembre.
Este arrogante personajillo de las violentas tomas de universidades, se apoyó en las intelectualmente precarias huestes del Frente Amplio para, en tiempo récord, hacer añicos al país, abandonar a la población a su suerte ante la delincuencia y ser cómplice y, por ende, protagonista de la corrupción en todos los niveles del Estado, partiendo por el propio palacio presidencial.
En vísperas del último debate televisivo de los candidatos, en San Vicente de Tagua/Tagua se descubrieron cadáveres calcinados y mutilados, en tanto en La Pintana aparecieron los restos de una muchacha ahorcada y en Buin, un turbazo de madrugada de delincuentes puentealtinos ultrajó a la familia de un juez de la República.
Nunca antes en su historia, y en tan breve tiempo, la población chilena había sido sometida, como ahora, al calvario del miedo, de la inseguridad y a la forzada necesidad de encerrarse en sus viviendas, evitar salir a las calles y rogar para que su casa no fuese perforada por los baleos entre bandas o invadida por violentos saqueadores.
Históricamente, Chile ha sido un país de crisis sociales, económicas, educacionales y de salud, pero jamás, víctima, como con este Gobierno, de un abuso descarado del poder y de una corrupción a vista y paciencia de todos. A este país en ruina moral e invadido por la delincuencia, José Antonio Kast se comprometió a salvarlo, y los ciudadanos le creyeron y confiaron en él.
Cada vez que hay elecciones, los candidatos prometen solucionar los “problemas de la de la gente”, pero, casi por norma, éstos ahí están, ahí siguen. Engatusados por la novedad de una ideológica oferta de “progresismo” rápido y radical, cinco y medio millón de chilenos le dieron su voto a Boric para que accediera a la Presidencia. El resultado está a la vista: en lo social no movió ninguna aguja, de transformaciones nunca nadie supo, pero como inspirador e impulsor de la violencia y la corrupción, fue un real caudillo. Rehusó combatir la criminalidad “porque el lumpen, al acompañar a la revolución, nada tiene que perder”, quitó las balas de quienes constitucionalmente deben utilizarlas para preservar el orden público y amenazó al país con la repetición del Golpe del 18/O porque “se mantiene intacta la deuda por el estallido….”. El cierre final de la campaña de Jeannette Jara (PC) demostró que eso es así.
Alberto Mayol, ex precandidato presidencial frenteamplista, académico y escritor, afirmó que “Boric es tan inconsistente que todo le resbala”. El Poder Judicial es solidario con él para esconder y dilatar procesos penales tan escandalosos como los del violador Manuel Monsalve; de la caja fuerte del Ministerio de Desarrollo; de los millones fiscales traspasados a ProCultura; del volver a cero en el caso de Democracia Viva; el cierre sin culpable del negociado con la casa de Salvador Allende y la defraudación de su ex médico personal y gran amigo Alberto Larraín. Consiguió que un tribunal le obligara al Conservador de Bienes Raíces de Santiago traspasar el intento de desfalco de la ex alcaldesa comunista de Santiago al actual jefe comunal opositor suyo, y su Estado de Excepción en La Araucanía fue vulnerado por ocho atentados terroristas en la víspera de la primera vuelta.
El éxito electoral de José Antonio Kast se fraguó por haber sido el primero, y único, en asumir la responsabilidad de terminar con la gran tragedia de la inseguridad ciudadana. Su gran acierto fue explicar cómo lo hará para exterminar el caos delictivo y la inmigración ilegal, y poner fin al terrorismo en La Araucanía. Según la literatura universal, comprometerse “es “una obligación contraída”. Fue el único candidato en viajar hasta El Salvador para conocer cómo su Presidente Nayib Bukele puso fin a la lacra criminal que tenía deshecho a su país. Ninguno otro, salvo él, advirtió la imposibilidad de poner en marcha cualquier programa de Gobierno sin antes garantizar la paz para una población paralizada por el temor.
Un compromiso, como el suyo, es cumplir con lo prometido “aun ante circunstancias adversas”, y garantizó que lo hará con autoridad y valentía, utilizando “las “herramientas y medios” que le otorgan la Constitución y las leyes. Al revés suyo, sus contendores se remitieron a una enunciación de buenas intenciones, incluso en cuanto a seguridad.
Muy distante de un compromiso, un anuncio es una “simple declaración pública para informar sobre un proyecto”, y se lo considera como “el acto de dar a conocer algo y/o la intención de comunicarlo”. Ni más ni menos, ésta es la rutina de los políticos chilenos.
En criminología se explica que los individuos pueden optar por cometer delitos si consideran que los beneficios superan a los costos del castigo. Esto es, precisamente, lo que ha ocurrido, y ocurre, en este Gobierno: ¡la impunidad! Son miles los malhechores dejados en libertad por los tribunales y que trajinan por las calles con antecedentes penales y/o con órdenes de detención.
Las pruebas, desde 2022 a la fecha, han estado diariamente a la vista, y el único que se comprometió a terminar de raíz con este macabro escenario fue quien hoy está en la segunda vuelta presidencial, ondeando la bandera de la derecha.
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