
Por Raúl Pizarro Rivera
El progresismo surgió a finales del siglo XIX y principios del XX, principalmente en Estados Unidos y Europa, en respuesta a la industrialización y a la urbanización. Fue, así de claro, una reacción negativa al avance y modernización de los países y en contra de la creación de fuentes de empleo.
Buscaba, y busca, “mejorar la sociedad mediante la intervención del Estado, la regulación económica y la justicia social”, los mismos eslóganes escuchados casi cotidianamente en Chile durante la campaña presidencial de Jeannette Jara, candidata… ¡del comunismo!
Pedro Sánchez es presidente del Gobierno de España desde junio de 2018. Doctor en Economía y ex secretario general del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), fue el creador de oponer al progresismo contra la derecha (conservadurismo la llama él), explicando que “el progresismo es avanzar y conservadurismo es retroceder”. Coincidencia o contradicción, quién propuso hacer Chile de nuevo porque todo lo anterior no servía (Convención Constituyente) fue la dupla comunismo / frenteamplismo.
Por su estrecho vínculo con Boric, fue Sánchez quien lo instruyó para que crease las Fundaciones “brujas” para defraudar al Fisco. Cada vez que ha sufrido alguno de sus frecuentes reveses electorales, repite la consigna asumida también por los ‘progre’ chilenos: “cuando perdemos votos en las elecciones, retrocedemos años”. Ante ello, Boric proponía “profundizar la democracia”, frase que apunta al anti capitalismo y, por tanto, a un Estado propietario de todo y de todos.
Tras la revolución bolchevique hubo intentos de extender el marxismo a Alemania, Francia y a otros países de la Europa occidental: el “pueblo” hizo oídos sordos a dichas convocatorias totalitarias. Por ello, un grupo de seis comunistas alemanes, que analizó a fondo el fenómeno de dicha indiferencia popular, creó a fines de 1937 una entidad destinada a sustituir el móvil exclusivamente panfletario por la incidencia sociocultural, metiendo en una misma batidora a Marx y a Freud. Fue ese producto no discursivo el que mal iluminó a millones de personas y, fundamentalmente, a la juventud.
Dicho espacio de dominio sociocultural, desde la década de los 60 lo hizo suyo la izquierda chilena, entonces de pocos matices, estrujando al máximo el ‘idealismo’ que inspiró a parte de la sociedad local el castrismo en Cuba. Un ejemplo: se acabó el sol de las juventudes freistas, las que se trasladaron en masa al socialismo y hasta crearon movimientos adherentes a “la causa de la revolución” en la isla caribeña. Los fusilamientos ejecutados personalmente por Fidel y Raúl Castro y por el ‘Che’ Guevara fueron justificados y hasta aplaudidos.
Pero como todo en la vida tiene límites, la cultura izquierdista en Chile dejó de crecer y se estabilizó en un 30% y todos los intentos por ampliar ese radio han fracasado, ello con la excepción del triunfo presidencial del progresismo el 17 de diciembre de 2021, dado que dicho éxito fue un coletazo del fallido Golpe de Estado de 2019, en que, disfrazado de “un despertar de Chile”, se intentó derrocar al entonces Presidente de la República.
Rápidamente recuperada del shock y consciente de la pillería, la ciudadanía detectó la maniobra y le cerró la puerta a tan tentadora jugarreta destinada a instalar en el país una dictadura. El apabullante triunfo del Rechazo, el 4 de septiembre de 2022, fue la lápida del progresismo. Su ideario transformador “para avanzar” no fraguó más allá del Frente Amplio y de la fraternidad del comunismo.
No le será fácil ahora quitarse de encima el peso del tremendo desprestigio con que tuvo que abandonar La Moneda, y ello sumado al gigantesco rechazo a su candidata en la elección presidencial del 14 de diciembre.
Para peor de sus diagnósticos, el antiguo y bien manoseado discurso del “antiimperialismo”, que por años lo ha utilizado como captador de adeptos, se le está muriendo a la izquierda con las rendiciones de Venezuela y Cuba ante el “perverso y diabólico imperio norteamericano”.
La “democracia” venezolana -según la óptica marxista- gira hoy inexorablemente hacia el único tipo de democracia auténtica existente en el mundo, y ello de la mano de Estados Unidos, y ello con la rendición y complicidad de un puñado de dictadorcillos que no vacilaron en “vender” a Maduro a cambio de salvar su propio pellejo.
A tan teatral caída de un imperio progresista, todo el mundo está a la espera de que ocurra lo mismo con Cuba, el gran estereotipo de “libertad” según el extremismo, y ello tras la afirmación pública hecha por el jefe de la cúpula comunista de la dictadura, Miguel Díaz-Canel: “estamos en diálogo con Estados Unidos”…
Como nunca, ahora en la capital de esta cárcel caribeña ya se escuchan cacerolazos nocturnos, sus habitantes salen a protestar a las calles y hasta incendiaron una sede del Partido Comunista. Los miles de presos “por pensar distinto” o por pedir cuotas de libertad, ven hoy rayos de luz a través de los barrotes de sus celdas.
¿Qué pomada venderá a partir de hoy el progresismo chileno? ¿China acaso? Si bien es un Estado comunista es, también, un Estado capitalista con una brutal explotación laboral, que es la que le permite tal riqueza. Camila Vallejo, con sus 40 horas laborales, y Bárbara Figueroa, con sus derechos sindicales, serían declaradas personas no gratas por Xi Jinping.
Más que una interrogante, las vivencias de Venezuela y Cuba gracias a la intervención “imperialista”, parecen ser el principio del ocaso para quienes muy mal interpretaron los conceptos de libertad y de derechos civiles, al punto de llevarlos al peor estatus que puede vivir un ser humano.
En Chile llegó el otoño: al progresismo, también.
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