Por Raúl Pizarro Rivera


El escenario político, pero no así el de la población nacional, debe ser uno de los más grotescos y encendidos por estos días. La jauría de desmoralizados y derrotados progresistas, ha recurrido a los más revanchistas argumentos -que no lo son- para evitar, a cualquier precio, la puesta en marcha de la reconstrucción nacional.

Una reconstrucción es el proceso de volver a construir, restaurar o reparar algo que ha sido dañado, destruido o perdido, ya sea en un sentido material o social, y es desde esta perspectiva que hoy Chile se enfrenta a una encrucijada descomunal. Un ejemplo a la mano da cuenta de ello: sólo con los controles rutinarios de la Contraloría, el Estado ya ha ahorrado $650 millones.

Dicen los textos de ciencia social que el sentido de reconstrucción nacional tras un periodo de crisis (el Gobierno de Boric) es “restaurar el tejido social, brindar seguridad y generar nuevas oportunidades para la población”.

La literatura especializada es clarísima en desnudar al fracasado progresismo: “el objetivo de una reconstrucción nacional es superar el estancamiento y mejorar la calidad de vida, enfocándose en la reactivación económica para asegurar empleos dignos, mejorar los ingresos familiares y proteger a los sectores más vulnerables”.  Aquí viene el golpe directo al corazón de la izquierda chilena: “oponerse a una reconstrucción puede ser por venganza”.

La sociología consigna que “la venganza busca equilibrar el dolor o generar placer, al dañar a quien se percibe como un enemigo”, en este caso, la derecha. Oponerse a reconstruir, “a menudo surge de un dolor, miedo o por la necesidad de protegerse”, toda una fotografía del estado de derrotismo en que se halla la izquierda chilena.

Estas definiciones reflejan casi a la perfección el ambiente político que ha generado la presentación del plan de emergencia que prometió el Gobierno desde que iniciase su campaña electoral. Es el “sentido de urgencia” el que originó la elaboración de un gran paquete de cambios en todos los ámbitos de la vida nacional, evitando la mala práctica de ir goteándolos.

Respecto al nutrido bloque de proyectos hay varios ya sometidos a encuestas y que llegan al 77% de aprobación popular. 

Si bien La Moneda debió alterar imprevistamente la anunciada prioridad de la seguridad pública por los efectos negativos del conflicto petrolero en Medio Oriente, la emergencia financiera de un país sin un peso tuvo que pasar a ser la prioridad. 

La izquierda, ni con sus alardeos ni amenazas puede estar tranquila. Sobre ella siguen pesando las sanciones y penas que afectarán a muchos de sus militantes por el desfalco al Estado, por las Fundaciones brujas, por sus manotazos en los Ministerios y hasta por la violación a una mujer que fue ignorada adrede por el mal llamado feminismo progresista. Sólo está aprovechando de gruñir antes de que lleguen los cazadores.

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