
Michael Guerrero
Experto en DDHH, sostenibilidad y Justicia.
En la política colombiana contemporánea está emergiendo una figura seductora: el candidato “inalcanzable”. Aquel que no pacta, no negocia, no se mezcla. El que promete gobernar sin deberle nada a nadie. El que convierte la independencia en virtud absoluta y los acuerdos en sospecha moral.
Suena bien. Pero no funciona.
La llamada campaña de los inalcanzables parte de una premisa poderosa en términos comunicativos: el rechazo ciudadano a las élites políticas tradicionales y a las transacciones opacas. En un país con déficits históricos de legitimidad institucional, la autonomía se vende como pureza. Sin embargo, en el tránsito de la campaña al gobierno, esa pureza puede convertirse en parálisis.
Porque Colombia no es una democracia plebiscitaria. Es una democracia constitucional con pesos y contrapesos. Aquí no gobierna quien gana: gobierna quien logra articular.
El problema de los “inalcanzables” no es ético, es estructural. Como advertía Juan J. Linz, los sistemas presidencialistas con multipartidismo tienden a generar tensiones entre Ejecutivo y Legislativo cuando no existen coaliciones estables. El resultado no es independencia: es ingobernabilidad.
En la misma línea, Hannah Arendt lo sintetizó con precisión: el poder no es individual, es relacional. Surge cuando las personas actúan juntas. Un líder sin acuerdos no es fuerte: está aislado.
Un candidato que llegue a la Presidencia sin haber tejido acuerdos mínimos enfrentará tres problemas inmediatos: Bloqueo legislativo estructural en el Congreso de la Republica, Debilidad institucional en la implementación de las políticas y, el Riesgo de hiperpersonalismo y desgaste acelerado del Ejecutivo que lo empuja a gobernar vía decretos, confrontación o movilización permanente. Esto no fortalece la democracia: la tensiona.
El error más grave de la campaña de los inalcanzables es presentar una falsa dicotomía: o se negocia o se traiciona. Pero la política democrática no funciona así. Negociar no es ceder principios. Es traducirlos en realidad.
El problema en Colombia no es que existan acuerdos, sino que históricamente muchos de ellos han sido opacos, clientelistas o programáticamente vacíos. Pero la solución no es eliminarlos, sino transformarlos.
Por lo anterior a este autor quisiera proponer tres recomendaciones para salir del espejismo:
- “Acuerdos sí, pero con reglas públicas”
No se trata de repartir burocracia, sino de construir pactos programáticos verificables y con control ciudadano.
- El liderazgo no aísla, articula”
El verdadero liderazgo no es el que se aísla, sino el que logra alinear intereses diversos sin perder el rumbo.
- “Gobernar es sumar, no resistir”
Un presidente que llega solo, gobierna contra todos. Uno que llega con acuerdos, gobierna con capacidad de transformar.
En conclusión, la campaña de los inalcanzables puede ganar aplausos en redes sociales, pero difícilmente gana gobernabilidad en la Casa de Nariño.
En un sistema como el colombiano, la pregunta no es quién llega sin deberle favores a nadie, sino quién llega con la capacidad de construir mayorías sin hipotecar el interés público.
Porque al final, la política no es el arte de mantenerse intacto. Es el arte complejo, imperfecto y profundamente humano de hacer posible lo necesario.
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