Por: Enrique Subercaseaux.
Director Fundación Voz Nacional


“La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza”.
  G. Orwell, 1984.

“El doble pensar significa la facultad de sostener dos opiniones contradictorias simultáneamente, dos creencias contrarias albergadas a la vez en la mente”.
  G. Orwell, 1984.

“La herencia humana no se continuaba porque uno se hiciera oír, sino por el hecho de permanecer cuerdo”.
  G. Orwell, 1984.

“Nada era del individuo, a no ser unos cuantos centímetros cúbicos dentro de su cráneo”.
  G. Orwell, 1984.


 La novela de George Orwell, 1984 puede bien convertirse  en la novela de la década, o incluso, del siglo XXI. A pesar de haber sido escrita en 1948 es de gran actualidad, mas de 70 años después.

Trata del poder, y como ejercer el dominio total de las mentes de los gobernados, a través de la vigilancia, el lenguaje y controlar sus mentes.

Existiendo muchos escritos acerca de esta magna obra, quiero concentrarme en algunos aspectos que me resuenan particularmente actuales, tanto en el ámbito chileno, como en el ámbito de los planes que el progresismo  internacional tiene para el mundo.

Orwell, siendo británico, y un estudioso, y crítico de la política estuvo expuesto durante su vida a los afanes hegemónicos de una cierta élite en su tierra natal.  Esta fue semillero de la doctrina marxista, de una variedad de “sociedades” que exploraron distintas aristas del socialismo, y de diversas experiencias sociales que fueron marcando los problemas de las sociedades globales a partir del siglo XIX.  Es decir, bastante para un espectador agudo y contestatario.

Desde luego que el proceso de industrialización/invención, trajo una cuota de problemas que no siempre fueron atendidos, habida cuenta que ellos implicaban dejar de lado la cosecha de utilidades crecientes y la expansión de un Imperio poderoso.

De allí deriva el primer punto a tratar: como controlar a las masas, en especial el proletariado, para que cumpliese su función económica sin rechistar.  Es uno de los temas principales de 1984. Y se sugiere de inmediato que la única manera es montar un gobierno fuerte y tiránico, donde todo disenso fuera castigado. Pero, además, ocupándose de un borrado sistemático de la memoria colectiva e individual.

Sabemos, que, en la práctica, esto es imposible, ya que la memoria no se puede controlar totalmente. La memoria es el ultimo refugio del yo. Siempre queda algún figmento en sus pliegues.  Apelar a la memoria es protegerse de la desgracia presente.  Esta el celebre cuento del jugador de ajedrez que se defiende de los rigores del confinamiento en solitario rememorando sus pasadas partidas de ajedrez.

De allí la importancia de cultivar la espiritualidad, en cualquiera de sus formas, porque ella es un ancla segura para sobrellevar un presente azaroso. La espiritualidad, sea esta religiosa o alguna otra variante dota de mayor calado, de quilla, al individuo.

El protagonista de 1984, hasta la ultima pagina del libro, tiene recuerdos fragmentarios de su madre y de su pasado, a pesar de haber sido sujeto a un feroz proceso de deconstrucción, donde su torturador era capaz de leer sus pensamientos. Pero solo aquellos del presente, y no del pasado.

Otro aspecto interesante es la utilización de la coerción física como método de lograr la lealtad al partido reinante. Y convertir a su líder, y al partido, como un ente abstracto que supera las barreras del tiempo: es decir, se funden en el pasado, el presente y el futuro.

Para ello se manipula el lenguaje, como manera de introducir el caos mental en la persona y así fácilmente imponer una verdad única.  Simultáneamente, se trabaja para eliminar todo sentimiento humano de la persona, sobreponiendo el bien e impulso colectivo ante cualquier interés individual.  Así, se inhibe la iniciativa y se moldea al hombre masa.

La cuestión de eliminar los sentimientos tiene un propósito fundamental:  cercenar el inconsciente y sus pliegues mentales, que acuden a socorrer a la persona en una variedad de situaciones cotidianas y vivenciales. Así, la persona queda acorralada: sola ante la autoridad, sin posibilidad de un escape siquiera mental de la tiranía que lo controla y lo dirige.  Se convierte así a la persona en un autónomo, solo útil para los designios del Estado.

Orwell, a lo largo de su libro, lentamente va mostrando una solidaridad con su protagonista, victima de la tiranía. EN la tercera parte de la novela, en que se narra la prisión y tortura de los que se desvían del camino del partido único, queda claro que el poder estatal, encarnado en los guardias y el funcionario a cargo de las torturas, tiene un rasgo psicopático.  Es el poder por el poder, el controlar al individuo hasta su último rincón para quitarle libertad, voluntad y pasión.

Una perfecta sociedad de autómatas que están sujetos a la voluntad colectiva de una élite que se cree mas poderosa que la lógica y la razón.

No obstante, nunca se explica el propósito del Gran Hermano y su poder total. Y de allí deriva su gran debilidad. La de un mesianismo inducido por la avaricia, la envidia y el afán autoritario.

Por todos lados se intuye la mentira y la manipulación. Y se palpa un mundo artificial que se ha creado para cumplir una fantasía, o una utopía, de un puñado de visionarios del poder convertido en mal en pos de una meta única. El control, el poder eterno, el vaciamiento total de la persona.

El poder crea, moldea y ejecuta. Una visión de un mundo supremo fundado en la imperfección del hombre. Porque esa es la gran falla de toda esta entelequia: el creer el cuento del Supremo Hacedor anclado en un grupo informe de individuos.

La novela hace muchas referencias a la “masa proletaria”, que goza de mayor libertad, sentimientos y memorias porque, en el fondo, según razona la autoridad, este conjunto social no es capaz de organizarse para articular una revolución contra el poder establecido.

Es decir, hay una clase social que goza de una libertad que no es posible, para ellos, articular en una acción trascendente. Mientras que los grupos intermedios si plantean un riesgo de sublevación, y de allí la imperiosa necesidad de controlar, espiar y, eventualmente, reeducar.

Hasta aquí el libro.

Son evidentes los paralelismos con la actualidad.  Quienes manejan el ideario del progresismo internacional han estudiado muy bien el volumen.  Poca imaginación, por muy magnifica que sea la obra, basar su acción política, y su afán hegemónico, en una obra de 75 años de antigüedad. O es que es muy poco lo que ha cambiado, o la voluntad imaginativa no existe o está siendo poco estimulada.

Un poder hegemónico basado en un acuerdo multilateral (esto es Naciones Unidas y el Foro Económico Mundial) difícilmente podrán producir una hoja de ruta política coherente, habida cuenta la dispersión de ideas y énfasis en la multiplicidad de nacionalidades y culturas que pretenden confluir.

Borrar la memoria no es posible, ya que ella habita en múltiples plataformas. De allí el combate cerrado que se ha declarado a las religiones (partiendo por la católica), a las culturas (introduciendo la multiculturalidad forzada (a través de procesos migratorios), y terminando con los movimientos Patriotas, la nueva y potente expresión de resistencia política que ha emergido en los últimos años.

Se ha distorsionado el lenguaje (que los progresistas usan de manera absurda) se ha distorsionado la identidad, se ha distorsionado la identidad sexual.  Todo a martillazos, sin persuadir, sino que sustituyendo y esclavizando.  La pregunta que flota en el ambiente: ¿y después de esto, que?

Hay un detalle que se les ha escapado, y que les será imposible de controlar: las palabras nacen del silencio y mueren en el silencio. Los renglones se separan con el silencio. Y el silencio, preñado de reminiscencias personales, es impenetrable.   La elocuencia, tan necesaria para que viva este, no esta al alcance de muchos. El resto se conforma con el calor benigno que despiden las cenizas de la memoria.

Memoria que se enriquece con una vida de experiencias, observación, lecturas, diálogos y espiritualidad.  Ejercitando nuestra musculatura mental nos protegemos de la fuerza bruta del poder que viene a robar el fruto de nuestro trabajo. El fruto de nuestra vida. El don superior, y espiritual, de la libertad.

.